
A Roland Emmerich se le ha ido de las manos. Empezó con extraterrestres, siguió con Godzilla, y, cuando parecÃa que su mayor Ãndice de destrucción habÃa llegado con la tormenta más grande del siglo, va el muchacho y se carga el mundo al completo con un tedioso Apocalipsis. 2012 es una pelÃcula de la que se pueden decir muchas cosas. Tristemente, pocas de ellas positivas. Y es que, cuando un blockbuster como este ni siquiera entretiene, algo está fallando en la maquinaria hollywoodiense. Si a alguien le importa saber los más que previsibles giros de la trama o dónde hay una inundación y dónde una explosión atómica, quizá no deba seguir leyendo, ya que quizá haya algún que otro spoiler.
Hay una palabra que define perfectamente a 2012: Saturación. Cuando hay un pequeño terremoto en Los Angeles, la pelÃcula emociona y entretiene. Cuando el estado de Hawai se ha transformado en un criadero de volcanes, una inundación se come la India y, entre tanto, una familia americana escapa en un avión cargado –oh casualidad- de coches de lujo hacia unas naves espaciales ubicadas en una presa en medio de China terminas pensando que estarÃas mejor haciendo cualquier otra cosa que viendo semejante mamarrachada.
Lo más curioso es que la pelÃcula quiere tener rigor cientÃfico, pero es como darle seriedad a un episodio de los Teletubbies. Pero no es solo por esto por lo que Emmerich realiza su peor trabajo como guionista hasta la fecha, sino por intentar que cada escena tenga tres cosas básicas: Un chiste, un hecho épico y un efecto especial impresionante. AsÃ, mientras la casa de la familia de John Cusack se parte por la mitad, él no tiene problema alguno en entrar, hacer una bromita y, por supuesto, salir épicamente en coche mientras el suelo se abre bajo sus ruedas. Uauh.
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